Los noruegos visitan la Sala Jerusalem como parte del ciclo Budweiser Live.

Casi con pintas de boyband, casi apretados sobre el escenario, casi sin sorprenderse por estar tocando en Valencia, a 2.300 kilómetros de su Noruega natal, los miembros de Kakkmaddafakka arrancaron ayer en la Sala Jerusalem de Valencia su espectáculo de variedades. Venían a presentar su último disco, Hus, de la mano de Budweiser Live, a hacer bailar y saltar y a dejar una duda en el aire: ¿se ríen de nosotros? ¿Se ríen de ellos mismos? ¿O se ríen de todo? Es difícil tomarse en serio a una banda que versiona a Cher, aúlla El Ciclo de la Vida de El Rey León entre estribillo y estribillo, y saca una enorme bandera con su nombre durante un tema instrumental. Es difícil tomarse en serio esta broma infinita, lo que es fácil es dejarse llevar. Porque, además de excéntricos, Kakkmaddafakka son tremendamente efectivos y sorprendentemente precisos sobre el escenario.

Sin trucos ni juegos de luces, fueron subiendo por una escalera al escenario y saludando con la mano. Pero una vez en sus puestos, y tras el grito de guerra “I wanna do something! What do you wanna do? Dance!” dejaron de parecer un grupo de estudiantes Erasmus disfrutando de la noche valenciana y se convirtieron a ojos de todos en las estrellas indie que son. Comenzaba así la broma de Kakkmaddafakka, que repasaron sin dar respiro sus seis años de trayectoria y consiguieron dejar la sensación de que son una estupenda parodia de sí mismos.

Una parodia consciente, eso sí, porque lo que quieren los miembros de la banda noruega es que disfrutes. Que bailes con Touching, el himno del “cancaneo” que ha ascendido a los altares del humor de la mano de La Vida Moderna, que no te emociones demasiado con Galapagos, una de las canciones más redondas de su  cuarto elepé, y que corees , aunque sea a base de uuhs y aahs temas como Neighbourhood y Someone New. Temas con melodías a veces alegres, como Young, un canto a las locuras de juventud, o Blue Eyes, con aires de britpop, como Lilac, o de reggae, como Is She, siempre interpretados entre saltos, bailes ridículos y medias sonrisillas, como advirtiendo de que no se debe caer en el error de tomar las letras, a veces románticas, a veces hasta melancólicas, demasiado en serio.

Y por si quedaba alguna duda de su disposición natural a la fiesta, la despejaron con sus mejores armas: All I Want to Hear, que puso a todo el mundo a dar saltos, literalmente, y la instrumental Heidelberg, a mayor gloria del bajo, el teclado y la batería, porque algo curioso de los chicos de Kakkmaddafakka es cómo se ceden unos a otros el protagonismo con total naturalidad, y no solo entre los hermanos Axel y Pal Vindenes, ambos voz y guitarra. Con una bandera gigante ondeando sobre la pista, el público se vino tan arriba que hasta decidió hacer pogos, una ocurrencia que no duró más que unos veinte segundos. Los ánimos se calmaron un poco con May God, Save Yourself y Boy, aunque la histeria colectiva volvió con Your Girl y Restless, que dejó el ambiente cargado de energía para un bis aún más indescriptible si cabe.

Y es que pocos esperaban una despedida al ritmo de Believe, de Cher (sí, esa de “do you believe in life after love?”), todo muecas y bailes exagerados, y, eso sí, un buen gusto vocal e instrumental imprevisible. Quizá si esperaban un final por todo lo alto con Forever Alone, esa canción cuya letra es casi es triste pero acaba resultando divertida por patética (con imágenes que borran todo rastro de dramatismo como “home alone eating sushi for two”). En cualquier caso, su interpretación fue de todo menos triste, aunque sí algo desconcertante cuando los noruegos decidieron interrumpir la canción para intercalar los alaridos del inicio de la conocidísima banda sonora de El Rey León. Para después, claro, continuar con Forever Alone sin explicación alguna.

Uno sale de un concierto de Kakkmaddafakka sin saber si le han hecho partícipe de un chiste privado que tiene mucha gracia o se han reído con él, o incluso de él. Pero, sobre todo, con la certeza de que no importa, porque, partícipe o víctima de esa broma infinita, se lo ha pasado de maravilla.

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