Glen Hansard da una lección de energía en Valencia.

Glen Hansard subió al escenario de La Rambleta de Valencia como quien llega a una fiesta en la que no conoce a nadie. Con su “uniforme” de los conciertos, sencilla camisa gris y pantalones oscuros, formal y aparentemente tímido, se sentó en su taburete y saludó con un  “hola, me llamo Glen y estoy feliz de estar aquí” en un decente español.

Precedido por los enérgicos y frescos Escuchando Elefantes, antiguos colaboradores de Hansard, que habrían dado un espectáculo imponente de no ser por el desastroso sonido durante su set, el irlandés se sentó frente al público valenciano dispuesto a abarcar el mundo en una hora y media. Y lo logró. En menos de dos horas pasó de las baladas al country, se emocionó, soltó alguna que otra lagrimilla, se rió de sus propios chistes, y disertó sobre la manera más adecuada de emborracharse para permanecer borracho durante más tiempo. No contento con eso, también repasó parte de la historia reciente de Irlanda y España, le dedicó una canción a Trump y versionó a Leonard Cohen, todo ello sin que el espectáculo dejara de presentar una caótica pero indudable coherencia.

Hansard llegó sólo, sin orquesta ni más colaboración que la de un técnico que le iba pasando, una tras otra, todas sus guitarras. Con la primera de ellas, una sencilla guitarra española, desgranó un Love, don’t leave me waiting mucho más emotivo, lento y sencillo que la versión del álbum. Prácticamente sin mediar comentario, continuó con un impecable Winning Streak ante un público ya del todo despierto.

En un escenario dispuesto como el salón de una casa, con un tambor decorativo con la inscripción “Save-a-soul mission”, el dublinés había creado la atmósfera propicia para desnudarse ante la audiencia como si estuviera en total intimidad. Así lo hizo antes de My Little Ruin, que dedicó a un amigo al que había visto “hundirse en la botella y en la aguja. La desgarrada voz del exmiembro de The Frames convirtió ese momento en uno de los más emotivos del show.

Cambio de guitarra, cambio de iluminación. Se embarcó entonces a grito pelado en When your mind’s made up y el público coreó uno de los himnos del protagonista de Once. Pero la euforia dejó paso al momento más solemne de la actuación cuando el cantautor se bajó del taburete y se sentó al piano, donde dedicó Bird of Sorrow a su madre. Interpretada al piano, sin rastro de la majestuosa orquesta con la que se asocia el single, y con un Glen Hansard visiblemente emocionado, La Rambleta no puso más que guardar un respetuoso silencio.

Tampoco esta vez dejó que el público se acomodara y, después de secarse una lagrimilla, cambió de registro, de nuevo con la guitarra en las manos. Con una introducción peculiar sobre Woody Guthrie y la familia de los Trump, se lanzó a versionar su Vigilante Man, en el que introdujo entre risas una feroz crítica al presidente estadounidense. “Trump wants to build a wall, he wants a wall but he doesn’t wanna pay for it, oh what I wouldn’t do to him if I thought I could get away”, cantó, con un guiño cómplice.

Y de Trump, Hansard pasó a referirse a su padre y a una amiga de la familia que luchó en la Guerra Civil española. A ella le dedicó la reivindicativa Lowly Deserter, mientras que en Way Back in the Way Back When se acordó de los refugiados y, cómo no, de los irlandeses forzados a huir de Irlanda. Con los acordes country de este tema, uno de los más movidos de su repertorio, el dublinés devolvió la alegría a la sala, que se mantuvo sonriente durante su cover del Levitate Me de Pixies.

glen hansard valencia

No podía faltar la oda a la bebida como “decisión adulta” de McCormack’s Wall, que dedicó a Lisa Hannigan y a la que precedieron unos consejos sobre cómo beber “despacio, para asomarse poco a poco entre las cortinas del mundo de los borrachos”. De nuevo en el piano, Hansard incluso se las apañó para reproducir la melodía típicamente irlandesa del final de la canción, solo con su voz y con la colaboración de un público que ya sentía la patria de la Isla Esmeralda como suya.

Solo le quedaba encadenar Leave, Falling Slowly, This Gift y Her Mercy, en las que demostró su dominio vocal y se desgañitó de principio a fin con total naturalidad, para poner a sus pies a la sala, llena hasta los topes. Hizo ademán de irse en plena euforia pero volvió para unos bises que interpretó de pie, completamente unplugged y subido a un cajón colocado sobre el borde del escenario. Desde su atalaya interpretó otro himno, Say it to Me Now, además de Song of Good Hope, y terminó con una versión de Passing Through de Leonard Cohen, uno de esos artistas, dijo, que son “arquitectos de nuestras propias emociones”. El irlandés se aseguró de sentirse acompañado enseñando al público el estribillo antes de regalar un momento final apoteósico por su sencillez y su optimismo. Y así, con la satisfacción del deber cumplido y  con su lección sobre cómo “darlo todo” de verdad y concentrar el mundo en un escenario más que explicada, el artista bajó de su cajón y se fue por donde había venido, aceptando los aplausos con una humilde inclinación de cabeza. Al final, había conseguido convertirse en el alma de la fiesta.

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