Un recital más del británico impredecible, auténtico y extraordinariamente desconcertante.

Benjamin Clementine no tiene miedo de hacer las cosas a su manera y así lleva demostrándolo desde que en 2014 irrumpiese en la escena con su celebrado debut At Least For Now, un disco que huye de los convencionalismos y nos muestra a un artista libre y exento.

Su segundo álbum de estudio I Tell A Fly no deja de ser una prueba más de ello, y así lo dejaría reflejado el miércoles en su directo desde la sala Razzmatazz de Barcelona, donde actuaría como parte de la programación del Guitar BCN este año. Extravagante como ya nos tiene acostumbrados y lejos de querer reducir su singularidad, el artista demuestra haber aumentado todavía más la grandilocuencia y los elementos teatrales de cada canción de su repertorio, alejándose todavía más del formulismo de la música y reforzando la sensación de que efectivamente, Benjamin Clementine es un ser llegado de otro planeta, quizás el mismo marciano con habilidades extraordinarias del que habla en su canción Jupiter.Sentando en un elevado taburete frente a su piano y con su banda en un segundo y también elevado plano -todos vestidos, al igual que el propio Clementine, con lo que parecía un mono de obra azul-, el británico se presenta en esta ocasión rodeado de maniquíes de hombres, mujeres embarazadas y niños desnudos, todos colocados a lo largo de todo el escenario, como si de una exposición se tratase. En algún que otro momento del concierto incluso llega a esparcirlos por el suelo y quitarles las extremidades; una representación, como dice él mismo, de su generación: un grupo de personas alienadas entre sí por las redes sociales, las fronteras artificiales y la crisis de los refugiados.

Excéntrico y desbordante de ego, la música se yuxtapone durante toda la noche con las extrañas y en momentos también divertidas intervenciones de Clementine, quien tanto hace callar al público de malas maneras cuando hablan como les hace corear durante minutos palabras como Portobello llegado el final de By the Ports of Europe, conectando con ellos como pocos. Es difícil saber si Clementine va en serio o simplemente disfruta descolocando a su público. Su actitud desconcertante y provocativa hacen del británico una figura que no entiende ni quiere entender de términos medios y que siempre irá más allá de sus propios límites.El concierto, de hora y media de duración y en el que no sonarían más de 12 canciones, queda marcado por su actitud pero también por su música, que no entiende de géneros y llega a través de las emociones. La voz de Clementine se niega a ser contenida o categorizada. Personal y casi irreprochable, resuena con especial fuerza en temas como la celebrada Condolence, ya un clásico en sus directos y protagonista de uno de los momentos más especiales de su concierto en Barcelona, o Winston Churchill’s Boy, también extraída de su debut At Least For Now. El concierto lo termina con una sentida e íntima Adiós, tras la que se despide y abandona el escenario dejando claro que Benjamin Clementine, solo hay uno.

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